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El
número de refugiados en Argentina es casi el doble
que en 2006
El endurecimiento de las políticas inmigratorias en
Europa convirtió a nuestro país en un destino
más buscado. Según el ACNUR, que mañana
conmemora el Día Mundial del Refugiado, en la Argentina
ya son 3500 las personas en esa condición. Entre ellos
hay 100 menores que escaparon solos de sus países.
Clara
llegó hace tres años, cuando tenía
18. En su Colombia natal, acababa de empezar la universidad
y militaba en una agrupación de derechos humanos.
A algunos de sus compañeros los asesinaron, a otros
los amenazaron. Entonces creyó que lo mejor era
irse. Fue allí cuando un amigo le sugirió
la Argentina, que iba a ser sólo un destino temporal.
"Las cosas en mi país no mejoraron, y me quedé",
cuenta Clara. Ahora acaba de cumplir los 21, acá,
en el país donde consiguió protección
como refugiada. A su caso se suman, según el ACNUR,
3500 más, y entre ellos surge un dato impactante:
en los últimos años llegaron aquí
100 refugiados menores de edad que escaparon solos de
sus países. La mayoría de ellos son varones
africanos. Y en estos últimos años, el número
de personas que piden asilo, no para de crecer.
Hace apenas tres años los índices indicaban
una curva descendente en la llegada de refugiados a la
Argentina. Pero, según datos del ACNUR, la situación
se invirtió drásticamente: en 2007 las solicitudes
aumentaron un 40 por ciento, para el cierre de 2008 esperan
un crecimiento equivalente y prevén que, en los
próximos años, la tendencia seguirá
en alza. Las causas no están tan asociadas a los
niveles de conflicto en el mundo como al endurecimiento
de las políticas europeas en materia inmigratoria.
Así, muchos de los refugiados que buscaban amparo
en el viejo continente hoy llegan a la Argentina.
De
acuerdo a los registros de la Fundación Comisión
Católica Argentina de Migraciones (FCCAM) que implementa
los programas de integración del ACNUR, de los
3500 refugiados que hay en la Argentina la mayoría
son hombres y casi todos llegan solos antes que en pareja
o con familiares. Su edad, pocas veces supera los 40.
Escapan de guerras, o persecuciones, se van porque sienten
y saben que sus vidas corren riesgo y muchas veces la
huída no admite previsiones.
Tal
es el caso de Tony Jackson, que llegó hace siete
años como polizón en un barco junto a cinco
amigos de Sierra Leona. Desembarcaron en Mar del Plata
y un tiempo después estaban tramitando el estatus
de refugiado en Buenos Aires. Tony, que en ese entonces
tenía 21 años, se dedicó a vender
bijouterie, a aprender el español un poco con clases
de castellano en la FCCAM y otro poco a los ponchazos
en la calle. Después se casó con una argentina,
tuvo dos hijas y ahora busca un trabajo fijo, que le permita
tener un sueldo y más estabilidad económica.
Para él, igual que para Clara, se trata de privilegiar
posibilidades fundamentales de supervivencia por sobre
las dificultades de un proceso de adaptación a
un país nuevo que no resulta sencillo. Y no todo
se resuelve de un día para el otro: Clara admite
sentirse más tranquila en las calles de Buenos
Aires, pero aún mantiene la cautela y prefiere
no mostrar su rostro ni dar su verdadero nombre para esta
nota.
De
acuerdo a los registros de solicitudes presentadas al
Comité de Elegibilidad para los Refugiados (CEPARE)
entre enero y septiembre del año pasado llegaron
435 personas provenientes de 40 naciones. Pero, fundamentalmente,
dos son los orígenes de la mayor parte de los solicitantes:
175 africanos y 130 colombianos. Lo cierto es que si hasta
hace unos años, en su mayoría los refugiados
que llegaban a nuestras costas eran colombianos, hoy los
africanos avanzaron sobre ese primer puesto al tiempo
que Argentina se convirtió en uno de los grandes
receptores en Sudamérica. En la FCCAM admiten que
el promedio mensual de refugiados que se acercan para
recibir asistencia aumentó de 40 a 76 en el último
semestre, superando todas las previsiones.
Presentar
una solicitud es el primer paso del proceso. En el caso
de Clara, por ejemplo, lograr el estatus de refugiada
le demandó poco más de un año. "Fue
rápido comparado con otros casos. No es fácil.
Hay que demostrar que uno corre peligro en su país,
y que no puede volver", dice. Mientras dura el trámite,
los solicitantes reciben una residencia precaria que les
permite residir y trabajar legalmente. "El problema
es que, a veces, en la práctica ese aval no sirve,
la gente desconfía", señala. Si bien
la Argentina ofrece garantías y existe una ley
al respecto, son muchas las instituciones que lo desconocen.
"Una vez fui a la Dirección de Migraciones
y ni siquiera sabían qué era el CEPAL. Hace
falta educación sobre este tema, empezando desde
el mismo Estado", sugiere Clara.
Nada
es fácil al principio. Y por eso, el ACNUR mantiene
un convenio con la FCCAM para que todos los años
lleve a cabo los programas de integración para
refugiados. Eso incluye fondos para brindar una ayuda
económica a los recién llegados, sobre todo
en los primeros meses. Para ello hay un fuerte trabajo
de asistentes sociales que, en muchos casos, consiste
en crear un vínculo de confianza, con todas las
garantías de seguridad y confidencialidad que requiere
el caso, hasta lograr que el recién llegado se
anime a gestionar su solicitud.
Clara
pudo contar con ese dinero durante cuatro meses. Se instaló
primero en un hotel donde no se sentía cómoda
porque era la única mujer entre huéspedes
varones. Al tiempo pudo mudarse a otro mejor, pero antes
de conseguir trabajo, la ayuda económica se terminó
y se quedó en la calle. Volvió a la FCCAM
en busca de apoyo y después descubrió que
era mejor no presentar su residencia precaria, que parece
despertar suspicacias entre los empleadores, a la hora
de buscar trabajo. De a poco se fue adaptando y una vez
que consiguió el estatus de refugiada pudo comenzar
una carrera universitaria en la UBA y conseguir un trabajo
en blanco.
Hace
unos meses su mamá se reunió con ella en
Buenos Aires. De Colombia sabe que las persecuciones siguieron
y perdió el contacto con casi todas las personas
que conocía. Lo mismo le pasó a Tony: la
guerra obligó a su familia a huir en diferentes
direcciones. "No sé dónde están,
no sé si están vivos o no". Por ahora
ambos se quedan en la Argentina y abrazan con paciencia
la esperanza de que algún día las cosas
cambien, para poder volver.
www.clarin.com,
Jueves 19 Junio 2008
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